Limonada
La ciudad está repleta de esqueletos desesperados. El calor,
el maldito calor
ha derretido su carne hasta hacer que las vísceras se
desprendan de los huesos;
e incluso la desnudez absoluta no impide que esta tarde de julio
el porcentaje de suicidios le lleve la delantera al IPC.
Ninguno de esos hombres, ahí abajo, ha pensado introducirse en
una bañera
de cubitos de hielo. Dejar solamente la cabeza fuera, y un
brazo,
y al final del brazo una pandilla de versos que no hayan sido
jamás
leídos en un cuarto de baño; y al alcance de la boca una
pajita de plástico,
de las que son capaces de doblar la cabeza, y la cabeza en el ángulo
justo para tomar
pequeños sorbos de un vaso de zumo de limón con azúcar.
Yo sí.
Pero cuando lo tenía todo preparado me faltaba el poema.
Todos los libros
que guardamos en casa entre mis compañeros de piso y yo,
todos los que nos gustan,
nos han acompañado alguna vez al retrete.
He tenido que escribir esto y luego he tenido que introducir
el ordenador
conmigo en la heladísima bañera.
Así que leo rápido ahora, todo un yonqui de mi propia nueva droga.
En cuanto el calor,
el maldito calor
derrita la piel de los cubitos hasta hacer que el agua se
desprenda de su caparazón
sé que moriré electrocutado.
Justicia poética.
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